Artículos Pastoral

Escrito por: Pr. Máximo Guzmán Fernández

¿Quiénes somos?

La voluntad

Por Máximo Guzmán Fernández

¿Qué es la voluntad? ¿Cómo estar consciente de que tenemos una buena voluntad?

Creo que aparte de una buena convicción de voluntad nos hace falta una voluntad clara y definida. No ignoramos que siempre ha habido, ciertamente, hombres de voluntad débil o aun sin voluntad, pero quizás nunca se han visto tantas personas abandonadas al automatismo o a la sugestión. Es probable que la guerra y el estado espiritual que lo engendró sean los grandes responsables del mismo. Sin embargo, nuestra época parece activa. Parece apreciar y conocer el valor de los minutos. La fiebre de ganar dinero se ha apoderado como nunca de la humanidad. Por todas partes se nota el espectáculo de una gran actividad. No hay que confundir, sin embargo, la voluntad con la actividad ni con las manifestaciones exteriores de la terquedad y la codicia. Una voluntad fuerte no es lo que se cree generalmente, es decir, el poder de aferrarse obstinadamente a lo que se hace y lograr el éxito deseado. La verdadera voluntad, la que será el objeto de nuestro estudio, es el poder de obrar en contra de la mayor resistencia, es decir, realizar acto o tomar decisiones en virtud de principios o motivos excepcionales e ideales. El comerciante que abre su negocio temprano y lo cierra muy tarde, el estudiante que se pasa largas horas en su pieza o en sus aulas, el enamorado que persigue con sus requerimientos a la joven con la cual quisiera casarse, no están necesariamente dotados de voluntad fuerte. Se asignan un objetivo interesado y lo logran gracias a las fuerzas físicas de las cuales disponen, al deseo violento o la pasión dominante que lo impulsa. Pero suprimamos este interés, hagamos desaparecer esta pasión, calmemos esta necesidad, y tendremos tal vez delante de nosotros un vulgar títere, inmóvil y aplastado porque los hilos que lo hacían mover se han aflojado bruscamente.

Estar consciente de lo que significa tener una voluntad definida, y una meta trazada juega un papel muy determinante en la vida. Tener metas definidas, convicciones acabadas y deseo de hacer lo que tenemos que hacer son factores muy importantes para desempeñarnos como tal en este mundo que nos has tocado vivir. Es por eso que muchas veces tenemos que obrar en contra de nuestro gusto y formación, para poder entender nuestro deber ante Dios.

Querer verdaderamente, es obrar contrariamente a los gustos y a los deseos cuando sea necesario; es oponerse a los móviles inferiores para no admitir más que razones superiores. El que renuncia a las comodidades para ejercer un apostolado; el que trabaja a favor del bien público sin esperar una recompensa personal; el que sabe hacer callar en sí una mala pasión para servir al ideal, son verdaderos héroes de la voluntad. Lo que falta en nuestra época son precisamente estos héroes.

Se han hallado ciertos métodos que permiten medir la voluntad. Se han realizados abundantes experimentos, y los resultados a los cuales se ha llegado establecen que solamente una minoría de nuestros contemporáneos poseen una voluntad bien templada. Los demás son más o menos débiles en la misma. Por eso vemos tantas personas sin saber para donde van, de donde vienen y para que existen, son personas que solo hacen lo que los demás hacen, y muchas veces sin saber por qué lo hacen. Existen también los versátiles, lo inestables, los caprichosos, que salen constantemente de la huella, no a causa de su actividad desbordante, sino simplemente porque no saben mantenerse en ella. Son las personas que se desalientan ante el menor obstáculo, que descuidan las tareas comenzadas para dedicarse a un deber más reciente. Tenemos que ser lo que Cristo se propuso que fuéramos, no maquinitas fotocopiadoras de un mundo que está borroso y pervertido. Debemos ser personas con voluntad firme y definida, no seguir una rutina que muchas veces no tiene sentido, sino personas claras y definidas, preparados en lo que cree.

Al estudiar la crisis de la voluntad por la cual atraviesa el mundo en nuestros días, debe reconocerse que la educación no es la única responsable de este mal. Las doctrinas que han regido desde más o menos un siglo y medio acerca de nuestros orígenes y nuestra naturaleza han contribuido ampliamente a ello. En efecto, ha llegado a ser muy corriente admitir que las diversas formas de vida evolucionaron unas de otras hasta culminar con el hombre. Ya sabemos lo que puede esperarse, desde el punto de vista moral, de una teoría semejante. El hombre no es ya tan consciente como antes de su dignidad y del lugar particular que ocupa en la creación. La dignidad humana se pierde cada vez más.

La falta de voluntad que se comprueba en nuestra época proviene también del desequilibrio profundo que se ha producido entre nuestros antiguos métodos de acción y las exigencias de los nuevos tiempos. Hemos entrado verdaderamente en una época nueva, y es seguro que no volveremos a ver jamás el antiguo estado de las cosas. Sin embargo, la sociedad actual tiende a conservar su antigua actitud, su rutina, sus procederes anticuados. Estos producen en los hombres de hoy un sentimiento de impotencia, de falta de adaptación, completamente desalentador. Los más atrevidos se lanzan a la conquista de los métodos nuevos, pero, con frecuencia pagan muy caro sus intentos.

Así la falta de voluntad de nuestra generación se debe a causas numerosas y complejas. Sin embargo, si tratamos de resumirlas, veremos que se deben todas a esto: que el hombre admite voluntariamente que el estado en el cual se halla es normal. Por ejemplo el pretexto de que las generaciones que nos han precedido han desaparecido, creemos que nuestra generación debe desaparecer también. Habiendo comprobado que el sufrimiento nos acompaña desde nuestros primeros pasos y que no falta tampoco a los que nos rodean, estimamos que es natural sufrir. En realidad, sentimos muy en el fondo de nuestra conciencia que no es así y que en vista de que tenemos el deseo ardiente de vivir, de obrar, de florecer a un mundo mejor, de aumentar nuestra eficiencia, de realizar grandes cosas, esto es precisamente lo que debiera parecernos normal. Si tuviéramos esta ambición de llenar mucho mejor nuestra vida con todo lo que es justo y grande, nuestra voluntad, por el mismo hecho, se multiplicará. He creído que siempre podemos aportar algo más de lo que hacemos, solamente tocando la puerta que siempre abre la del Espíritu Santo, que sí pone a vibrar con potencia la voluntad dormida del Cristianismo, que duerme en un mundo tan afectado por el automatismo y el secularismo. Mientras tengamos los ojos fijos en la tierra, mientras no tengamos ideal, ni intentemos volar hacia lo sublime, obraremos lo menos posible, nos limitaremos a los ademanes indispensables y nos ocultaremos, por temor a los choques y dificultades.

La convicción de que vivimos en una época excepcional, debe darnos fuerzas excepcionales. Entonces el hombre, cualquiera que sea, teniendo conciencia de su responsabilidad y de sus privilegios, sentirá que participa desde ahora de esta renovación, que está en cierto modo encargado de preparar la nueva generación. Nuestra victoria consiste esencialmente en concebir un fin noble que se ha de alcanzar en la movilización de las energías necesarias. El pesimismo contemporáneo lleva a la depresión: el optimismo cristiano, el que ve más allá de la catástrofe inminentemente e inevitable, la renovación de todas las cosas en una era eterna de paz y felicidad, estimula las fuerzas, templa la voluntad, desarrolla el entusiasmo. Querer es ponerse en armonía con las potencias espirituales del cielo para realizar el plan divino de gracias, perdón y de paz. Entonces, y solamente entonces, tendremos una voluntad fuerte, definida y consciente de lo que significa el nombre de cristiano como verdadero hijo de Dios.

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